“Carlos” amarró sobre su motocicleta tres sacos llenos de palos secos y encendió el motor. El sonido del vehículo en marcha se escuchaba por el apacible bosque del Parque Nacional Jaragua.
El joven llegó a la solitaria y ancha carretera que conecta a Cabo Rojo con la Sierra de Bahoruco y aceleró hacia el sur. El camino era suyo. Iba con descaro. Tenía prisa en entregar lo que transportaba para retornar por más material de contrabando....seguir leyendo diariolibre.
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